El engaño

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El reencuentro con el hombre de mis sueños no fue tan espectacular como lo esperaba. Es cierto, se había hecho realidad mi meta de vivir con él, pero no todo estaba saliendo como yo quería.

~Rocío, ya no puedo. Ya lo hemos intentado varias veces y no puedo. Te dije que después de esa operación y los remedios que debo tomar para mi espalda, mi libido no está. No entiendo por qué me presionas con algo que no va a resultar –dijo Esteban con rostro afligido.

−Perdóname, no quiero hacerte sentir mal. Eres el hombre que quiero en toda circunstancia. Es que creí que…como a veces eres tan cariñoso y pareces tan sexual en tus conversaciones. Y como también puedo verte desnudo y me abrazas y me besas…Yo sólo creí… por favor, perdóname.

−Ya no debemos seguir con esto. Me haces sentir un hombre incompleto y con tu presión constante, no puedo.

−Esteban debes creerme que te quiero, pase lo que pase. No volveré a incitar nada, porque soy feliz contigo así. No necesito más.

Y a pesar que yo hablaba en serio cuando le decía esas cosas a Esteban sobre que lo amaría de todas formas, esa noche lloré en silencio, porque no quería que notara mi pena, y principalmente, porque a la mañana siguiente debía salir muy temprano a concretar un trato con un proveedor para su negocio y eso lo tenía muy entusiasmado. ¿Quién era yo para robarle ese momento con mis tonterías?

Y es que yo debía respetar lo que habíamos acordado, que  era tener nuestro espacio privado y por ello cada uno tendría su propio cuarto para tener esa privacidad e independencia que necesitaba. No lo discutí, y cada día, cuando él salía de casa, su habitación la cerraba con llave, y cuando él se quedaba conmigo, la mantenía abierta.

Y a pesar que ese trato yo lo estaba respetando desde hacía 8 meses, no podía negar que tenía una curiosidad inmensa por saber todos los secretos de mi amado.

¿Acaso no es así cuando se ama? Se respeta, pero también se quiere saber todo de la otra persona, Y yo sabía que él tenía secretos, por algo cerraba su cuarto, cuando debía hacer sus tratos laborales.

Y un día, cuando menos lo esperé, llegó la oportunidad que había deseado con todas mis fuerzas para saber qué escondía tan celosamente. Y por supuesto, esa curiosidad me superó. ¿Pero cómo haría para deslizarme a su habitación y buscar algo que ni siquiera sabía qué era? ¿Y cómo podría entrar a su cuarto sin ser descubierta? De pronto, una revelación vino a mi mente: ¡Tengo una llave maestra! ¡Sí! Siempre la tuve. Era solo que no lo recordé hasta ese día, después de 5 años, cuando una ex pareja me la regaló por si la necesitaba. Nunca se sabe cuándo la puedes requerir, me decía… ¡Y sí que la necesitaba ahora!

Luego de un par de minutos de asegurarme que Esteban se había subido a su auto para dirigirse a su reunión de negocios, me deslicé hasta la puerta de su habitación y sin problemas pude entrar. Todo estaba muy ordenado, tal como algunas veces me dejaba observar, cuando abría la puerta de par en par para que yo me convenciera que no había nada extraño. Era solo que quería privacidad, porque lo más importante en la vida para él, era su tranquilidad, me repetía.

Ya estaba adentro, pero un temblor no me dejaba avanzar, hasta que, luego de un par de minutos inmovilizada, me desafié a mí misma: ¿Lo vas hacer o no? Y mi respuesta fue, obviamente, que sí lo haría. Revisé entonces, todos los cajones con ropa, su clóset y su mesa de trabajo, miré debajo de cama y al no encontrar nada fuera de lugar, miré lo que más me intrigaba: su laptop. Una vez abierta me pude cerciorar que tenía clave. Me pregunté si sería tan obvio como poner el nombre de su hija a quien siempre añoraba y me repetía cuánto la amaba. Coloqué ese password  sin resultados. ¿Será acaso su nombre y su edad?… Tampoco. Ya solo tenía un par de oportunidades más, y me había decidido, que, si no lo lograba la tercera vez, desistiría. ¿El nombre de su hija y su año de nacimiento?… ¡Eureka! Eso era, más obvio de lo pensado y logrado en menos de 10 minutos.

En el escritorio del ordenador, encontré varias carpetas con fotos de Italia junto a su hija, más otra carpeta con sus dos ex esposas, muy bien catalogadas como “Las locas”. Entre esas imágenes, un par de fotos mías, incluso de esas sexies, que alguna vez yo le mandé. Al observarlas en ese momento me sentí extrañamente avergonzada. De pronto una carpeta catalogada como paisajes, me llamó la atención, porque no sabía que fuera tan ecológico.

Fue extraño, porque sentí un dolor que me apretó el estómago y comprendí que mi intuición me estaba diciendo algo más. ¿Estaría ahí la verdad que estaba buscando? Mi corazón se aceleró, pero no pude dejar de pensar que era necesario mirar. ¿Sería esa verdad que no quería admitir? ¿Esa que me decía que había alguien más en su vida?

Al desplegarse el contenido, pude ver mini fotos de mujeres muy jóvenes; de no más de 30 años, todas rubias de cabello largo y liso. Al comenzar a abrirlas en el tamaño original, una por una, solo comprobé que eran mujeres que podrían ser sus hijas o hasta sus nietas. Se trababa de jóvenes que se parecían todas a su ex mujer; con la que estuvo casado por más de 15 años. Muy parecida también, a la novia que conocí la primera vez que nos vimos, y el mismo estilo de una chica en una fotografía que estaba dentro de unos de los libros que trajo a nuestra casa y que se le cayó al piso, mientras se mudaba conmigo.

Él solo bromeó cuando la vio, diciendo que era de una de las modelos que había contratado cuando era productor en los años 90. Como delante de mí, la foto la había hecho mil pedazos, no le di mayor importancia, hasta ese momento, cuando todo parecía tener sentido. Poco a poco se estaba completando el puzzle  de su vida.

Me sentí inmediatamente despreciada por él. Comprendí que tenía una obsesión con ese tipo de mujeres, y además comprendí, que lo más probable, era que yo no estaba dentro de sus estándares de belleza, al ser alta y de cabello muy oscuro. Muy distinta a sus menudas rubias y jóvenes mujeres.

Entendí entonces, que me buscó por compañía, porque yo siempre fui una mujer que lo apoyó, pero no porque me amara, y eso, me derrumbó. Encontré otras fotos de parejas y hombres parecidos a él físicamente junto a mujeres jóvenes y rubias. Supe sin lugar a dudas que él tenía problemas serios, porque ese no era un comportamiento normal.

Cuando volví en mí, Esteban  llevaba fuera de casa por más de una hora. Entendí que debía rápidamente borrar todo el historial de mi visita a la laptop, y me cercioré de no dejar huella de haber estado en  su cuarto.

De pronto, quise engañarme y creer que era solo una fantasía. Yo había sufrido tanto para lograr estar con el amor de mi vida, que no quería aceptar lo que la vida me estaba mostrando tan evidentemente. Pero recordé que él estaba enfermo y no podría tener sexo con nadie y eso me tranquilizó. Tal vez, solo sería un recuerdo de lo que fue su vida con la persona que él tanto amó, quise convencerme.

Traté entonces de incorporarme y me volví a maquillar, porque mi llanto había arruinado el que me había puesto con tanto esmero. Luego me volví a vestir, esta vez, con mi mejor atuendo y me preocupé que mis curvas estuvieran muy acentuadas con la ropa que elegí.

 No importaba que tuviera ya 54 años, estaba segura que me veía hermosa y que mi amor lo notaría. Y como un mantra, me repetí que debía estar segura de mí misma, porque era bella, sensual e inteligente.

Cuando llegó de su reunión, media  hora después de mis descubrimientos, me llenó de halagos, diciendo que yo era muy guapa y que le encantaba verme con el cabello recogido y que era muy feliz conmigo.

Comimos, conversamos de política actual, nos reímos y nos dimos un beso exquisito. Y ese beso era todo lo que yo necesitaba para sentirme muy feliz. Cuando anocheció, nos volvimos a besar y nos despedimos como dos novios que se van a su hogares, solo que en este caso, cada uno se encerró en su propia habitación.

A pesar que toda esa tarde, después de mi hallazgo había sido perfecta, de alguna forma, esa noche, no pude dormir. Lo que me había dicho, sobre que al día siguiente continuaría con la reunión con nuevo socio, me intrigó y perturbó. Mi intuición me decía que algo no andaba bien, y esa convicción, me hizo decidir que al día siguiente, lo seguiría.

Después de desayunar y escribir algo en su computador, a las 10,30, Esteban  se despidió alegre y  con un beso. Su auto partió, entonces, para ver a su socio. Yo un poco antes había pedido un taxi que hacía casi 20 minutos me esperaba frente a nuestro departamento.

Al salir rápidamente, pedí al conductor que siguiera al auto y poco después el auto de Esteban se estacionó frente a una residencia de donde una mujer muy rubia, de no más de 30 años, se aproximó a su vehículo, se subió y lo besó en los labios, apasionadamente.

Al ver esa escena, solo pude llorar. ¡Qué hacía una mujer de 30 con uno de 61!, me pregunté. La respuesta era casi obvia, pero me negaba aceptarlo. Al verme tan mal el conductor entendió todo. Por su espejo retrovisor trató de consolarme diciendo que yo era una dama muy guapa y que no debía sufrir, porque muchos hombres sí valorarían estar con una mujer como yo y que ese hombre no valía nada.

-Usted no entendería todo lo que he pasado por estar con él y ahora me hace esto. Lo he amado toda la vida y ahora que estamos juntos, ¿me engaña así?

– No la merece señora. Lo siento mucho –dijo el chofer, mientras yo le rogaba que me llevara devuelta a mi hogar.

Ya en casa, comprendí que no había más remedio que enfrentar la verdad, aunque todo se fuera a la basura. Ya no importaría lo que yo había sufrido por él, porque era imposible aceptar lo que estaba ocurriendo. De eso, estaba muy segura.

Lloré desconsolada  y Esteban al regresar, adivinó que yo sabía la verdad.

-Esteban, ¿por qué me engañaste así? No lo merezco, y tú lo sabes. Vi tu computadora. Vi que mirabas a mujeres rubias de esas que siempre te han gustado. Y hoy te seguí, te vi con esa mujer tan joven. Dime la verdad, por favor. ¿Por qué con ella puedes hacer lo que no puedes hacer conmigo? Porque es claro que con ella te acuestas.

-Lo siento Rocío– respondió Esteban bajando la mirada. Tú lo has dicho. Esa es la verdad. Pero no significa nada, porque con ella es sexo, pero contigo, yo estoy haciendo una vida.

-¡No entiendo qué diablos dices!…-repliqué. No tiene sentido. ¿Estás enfermo o no?

-Rocío, tú eres mi compañera. Yo te elegí a ti y estoy muy feliz así. Pero no quiero tener sexo contigo. Me atraes mucho como mujer, pero no para tener sexo. Algo en mí me hace querer estar con mujeres más jóvenes y rubias. No puedo evitarlo. Es más fuerte que yo. Y ya lo he tratado con mi siquiatra, pero eso no cambia.

-¿Y a mí me engañaste y nunca estuviste enfermo? Dios mío, no entiendo nada.

-Lo estoy, pero sí puedo tener sexo con alguien que de verdad me atraiga de esa forma. Tú me atraes como la mujer, lo sabes. Pero ahora no puedo, yo quiero compartir mi vida contigo, sin contacto sexual.

-¿Y le pagas?

-¿A ella?… Sí. Ya no quiero mentirte más.

-Estás muy mal, Esteban. ¿Y tú eres el hombre que yo amo? ¿Al que acepté a pesar de todo?

-Perdóname. La verdad es que no quiero perderte. Tal vez, deberíamos juntos ir a un especialista. Tú me dijiste que amarías siempre, y en toda circunstancia, y yo te amo. De verdad que sí. Acéptame como soy  y seamos felices. Es solo que yo no puedo darte sexo. Y si me amas, me aceptarás así.

Frente al hombre que amaba, y afrontando esta horrible verdad, no supe cómo reaccionar. Él era el hombre al que esperé tanto, sin embargo, solo entendí que si me quedaba con él me estaría vulnerando en lo más sagrado: mi amor propio.

Al perderme por un instante en sus bellos ojos azules, entendí que si seguía un minuto más frente a él, iba a sucumbir a mí misma. Observando el suelo y dándome un valor que no supe que existía en mí, le dije que tomara todas sus cosas y se fuera.

-No lo hagas, Rocío. No nos perdamos otra vez…Yo estoy enfermo y ahora que sabes la verdad, podemos enfrentar esto juntos –me dijo temblando.

-Lo siento, Esteban –interrumpí alterada. Yo ya no tengo nada más que enfrentar en la vida contigo. Ya no tengo más tiempo que perder con alguien que por muchos años me demostró que yo le importaba muy poco, y luego, y cuando parecía  que esperar por ti había valido la pena, me encuentro con esta horrible la verdad: que tú nunca me has amado, que nunca me valoraste, que nunca verdaderamente te importé.

-Pero Rocío, yo…

-¡Ya fue suficiente para mí!. Por favor, toma tus cosas y no vuelvas a buscarme nunca más, ya no soporto verte más –lo confronté-, subiendo mi voz y mientras Esteban fijaba la mirada en el vacío y lentamente se dirigía a su cuarto para hacer su maleta y para despedirse de mí para siempre.

 

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