September Morn

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Era la tercera vez que Ricardo venía al país y Cecilia ya no tenía expectativa alguna con el encuentro que tendrían esa tarde. Habían sido tantas las decepciones, tantos los desencuentros con el hombre que creyó amar, que ya estaba casi convencida que ese amor, esa pasión que la consumió por tanto tiempo  solo habían sido producto de una mente soñadora.

Y sin duda esa era la mejor manera de consolarse por tantas frustraciones. Es que ya no quería seguir sufriendo por alguien que según su percepción le había demostrado de todas las maneras posibles que no la quería como mujer.

Entonces la pregunta era, ¿por qué estaba ahí otra vez? ¿Por qué nuevamente exponía su corazón al hombre que la había lastimado tanto? La respuesta no era tan simple, o tal vez sí lo era, pero no quería pensarlo en ese momento. Solo quería saber por qué Ricardo le había insistido, de una manera inusitada en él, que se encontraran en uno de los restaurants más exclusivos de Vitacura.

Y bueno, a fin de cuentas, ese encuentro lo habían acordado en muy buenos términos, porque los dos habían aceptado cambiar su coqueteo de antaño, por solo una amistad. Cierto, un extraño acuerdo, pero por ambos aceptado.

Tal vez fue el tiempo que pasó, el cansancio de la vida misma lo que no permitió que concretaran los deseos, que en un momento, ambos compartieron. La verdad era que Cecilia  ya no buscaba más explicaciones, porque verdaderamente, ¿importaba cómo ocurrieron las cosas? Ella a estas alturas se respondía un rotundo no.

Para ese reencuentro, Cecilia se alisó el cabello, como tantas veces Ricardo le había pedido. Y no sabía por qué esta vez sí lo había hecho, a diferencia de los encuentros anteriores, porque ella siempre quiso imponerle su look, porque pensaba que, si Ricardo realmente la quería, tendría que aceptarla como era: con su pelo revuelto, su maquillaje recargado y con su modo algo arrebatado, pero también, extrañamente, retraída.

Ahora, y con toda esa carga emocional a cuestas, se preguntaba, si ese encuentro le afectaría o  si se estaba engañando al pensar que ya había superado ese extraño amor. Pero de lo que sí estaba muy segura, era que trataría de no tomar nada en serio, y que procuraría, de todas las formas posibles resguardar su corazón.  Es que sabía que no podía culparlo por no amarla como ella hubiera querido, pero tampoco quería volver a sentirse como una tonta despreciada.

En ese punto de sus pensamientos, supo que debía parar de torturarse, porque tenía consciencia que era linda, inteligente, y por sobre todo, una buena mujer. Entonces, ¿por qué dudaba tanto?  Y como reprochándose, se respondió rápidamente que cuando se alejó de él, su  dolor fue tan grande que prefirió ser su amiga, antes de perderlo completamente. Y reprendiéndose por su debilidad, Cecilia apretó su frente con sus manos, mientras sacudía su cabeza de un lado a otro como negándose a su inconsecuencia.

Fue entonces que, sacándola de esos cuestionamientos sobre no haber sido lo suficientemente fuerte para cerrar su corazón, que una mano apretó por detrás uno de sus hombros indicándole que debía girar su cuerpo: Era Ricardo, sonriente, guapo y con una actitud tan segura y alegre, que la descolocó, porque no era la personalidad que le había visto las veces anteriores  cuando visitó Chile.

Esa manera tan desenvuelta de él, hizo que Cecilia sintiera una electricidad de pies a cabeza, y por unos segundos, creyó tener miedo de verlo. “Por el amor de Dios, no vuelvas a engañarte. Quieres ver cosas que no son”, se dijo así misma.

Lo primero que Ricardo le comentó -con esa sonrisa que recordaba haberle visto hacía 28 años atrás, cuando se conocieron-, era que se veía linda con su peinado.

-Siempre te dije que este es tu look. Te ves muy guapa – le  comentó con la mirada  tan resplandeciente, que la hizo estremecer.

Ella le agradeció, aunque inmediatamente, pensó, “ojalá me quisiera con mi pelo desordenado. Ojalá me quisiera tan solo como soy yo”.

Riendo y comentando a Cecilia su cansado viaje, Ricardo, pidió a la camarera una botella de Cabernet Sauvignon y el plato más fino del lugar para ambos.  Le contó que esta vez sí quería recorrer el sur  de Chile, y que quería hacerlo con ella.

“Mmm, ¿será cierto lo que dice?…Mejor no le creas nada, porque después te sale con algún problema”, meditó Cecilia, sonriéndole. ¡Mañana te puede decir que cambió de opinión! No caigas…no te dejes llevar. Contrólate”, se ordenó.

-Ojala podamos – contestó, pero obviamente incrédula.

Luego de la seca respuesta de Cecilia, Ricardo algo perplejo, sacó un pequeño regalo desde el bolso que cargaba.

-Esto es para ti – confirmó Ricardo.  Sé que no me crees mucho por todo lo que hemos vivido, pero quiero que entiendas que muchas cosas me han ocurrido y no fue que quise hacerte a un lado al no contarte qué me ocurría. Era más bien, que quería protegerte de situaciones complicadas. Quiero que sepas que siempre has sido importante y me disculpo si alguna actitud mía te hizo sentir mal.

El primer pensamiento de Cecilia fue dudar inmediatamente de las palabras de Ricardo y luego trajo a su mente los regalos que le obsequió las veces anteriores, y estuvo segura  que nuevamente, serían chocolates o dulces. “De esos muy finos, sí, pero comprados en las escalas de su viaje”, caviló, mientras, sin darse cuenta, subía una de sus cejas.

-Muchas gracias – respondió con poco entusiasmo y con una media sonrisa.

Y con el pensamiento que nuevamente encontraría una caja de caramelos, Cecilia, desenvolvió su obsequio. Al verlo, no pudo creer lo que tenía en sus manos. Era algo tan hermoso, tan significativo para ella, tan especial: Era una pequeña caja de música, una especie de óvalo recubierto de piedras rojas, azules, verdes y con una cinta dorada que brillaba tan esplendorosamente, que creyó tener entre sus manos algo demasiado precioso.

Se trataba de una cajita musical tan linda, tan fina, que no pudo evitar traer a su mente, aquella tan similar que alguna vez le regaló su padre Juan, cuando era apenas una niña de 10 años. Fue entonces, que no supo si reír o llorar. No podía creer que Ricardo hubiera tenido un gesto tan hermoso con ella.

Finalmente, Cecilia, lloró agradecida, porque no esperaba ya nada de él, y ahora, creía tener “tanto”. Solo pensaba que ese momento era totalmente maravilloso y el regalo era la perfección.

Aquella velada, en el restaurant de Vitacura, se convirtió en todo lo que Cecilia quiso vivir con Ricardo siempre. De ahí en adelante los dos rieron, coquetearon como antes y se sonrojaron recordando varios momentos de pura sensualidad que vivieron cuando por redes sociales se sedujeron uno al otro.

De pronto, una melodía conocida surgió. Era la canción de Neil Diamond, aquella que Cecilia siempre soñó bailar con Ricardo: “September Morn”, y no pudo creer que por fin estaba viviendo uno de los momentos más felices de su vida. Al ver la sonrisa y la mirada destellante del hombre que siempre pensó era su hombre, solo pudo silenciosamente dar gracias al cielo.

Las manos blancas, pero cálidas de Ricardo, tomaron las de Cecilia y le preguntó muy seguro de sí mismo, si quería bailar con él. Y como en esos cuentos románticos, Cecilia, con la suavidad que brota del alma, asintió dulcemente para luego, al son de la bella canción que a ambos les encantaba, bailaron apretadamente abrazados, sintiendo como sus cuerpos se reconocían, se excitaban y se aceptaban con la seguridad de que se pertenecían.

Sin pesarlo, se miraron, se besaron apasionadamente frente a varios clientes que los observaban sorprendidos y después, en la habitación de un hotel encontrado a pocas cuadras, solo se dejaron llevar por la pasión.

Y fue así, que a pesar de las dudas, el ego, la distancia,  las sinrazones y sus mutuos olvidos, esa noche se amaron hasta el amanecer, y al menos, por unas horas fueron felices, porque aquella noche mágica, el amor por fin se convirtió en piel, besos apasionados y sexo. Para Cecilia ahora ya no importaba nada más, ni siquiera cómo sería el mañana, porque al menos, por una noche, el sueño de estar con el hombre de su vida se había convertido en una realidad.

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