El ego es parte de nuestro ser. Todos tenemos un ego que manejamos de acuerdo a lo que nos han enseñado, o de acuerdo a las emociones que se presentan a cada momento luego de interactuar con un otro.
He escuchado a varios sabios hablar que todos los males de la vida se resumen en el ego que se desborda y que impide sobreponer el amor y la racionalidad sobre la manipulación, el orgullo, la maldad y el amor propio mal entendido.
No soy psicóloga, no soy socióloga, ni terapeuta de personalidades ególatras. Tampoco tengo las herramientas profesionales para dar la lógica o los consejos necesarios para situaciones que muestran que el ego malentendido no es bueno. Pero soy periodista y tengo una edad que ya podría ser catalogada con las características de la sabiduría que conlleva haber vivido mucho tiempo con las consabidas lecciones de vida que aparecen en ese trayecto.
Veo con tristeza y con decepción que este mundo está dominado por ese ego mal entendido. Este mundo está casi perdido entre líderes locales, mundiales y simplemente personajes que conviven a nuestro alrededor, donde el ego se vuelve nefasto, haciendo perder la humanidad a tantos.
Desde la creencia absurda que estos reyes del ego son más inteligentes, o que son llamados a cumplir una misión divina, o tan solo quieren imponer una idea sin respeto al que está al frente o queriendo ser mejor que un otro, hacen que este mundo se pierda en su prepotencia.
Pasa desde el nivel más particular: entre pares, entre amigos, entre padres e hijos; profesores y alumnos, así como en las familias, y entonces te preguntas qué ocurre cuando ese ego se vuelve más importante que lo esencial, que lo real, lo sincero, que es el respeto y el amor a nuestro prójimo.
Yo también estoy llena de ego, pero estoy alerta de no llevarlo al extremo cuando debo confrontar una idea con un colega de trabajo, con una amiga o con mi hijo quienes muchas veces no ven las cosas como yo las veo.
También cuando quiero decir que mi idea es mejor a la de una amiga, o quiero imponerle mis pensamientos, a cualquiera. Y cuando mi mirada de mundo es confrontada con la mirada egoísta de un otro que cree en un mundo donde cada cual debe valerse por sí mismo para aceptar sin chistar lo que la vida le dio aunque fuera injusto, solo porque así fueron las cosas nada más, me decepciono.
Y qué pasa por ejemplo, cuando ese ego se va agrandando; cuando ese ego transforma a un ser en otra persona que no es y tú lo ves claramente. Sí, porque se transforma en una persona que necesita demostrar al mundo que ahora es mejor y es de una clase que antes no era.
Pero insisto, qué pasa cuando eso es solo ego y no es verdad. Porque detrás de eso puede ver objetivamente a alguien que parecía tener un sentido de la de vida y que de pronto se transformó en otro ser que no es, o no era.
Y al enfrentarlo, demostrarle que se equivoca, solo finge. Entonces el ego aparece y todo lo rompe, te deja entender desde su nueva visión que tú no quieres ser así. Pero que bueno que no quieres ser como aquel que cambió porque a esa persona le encanta fingir y prefiere reventar las tarjetas de crédito para aparentar y ser quien no es, entonces, prefiere perder la amistad del otro, antes de verse a sí misma.
Y tanto quiere convertirse en un otro, que no ve que hiere, porque hace a un lado a los demás, porque roba ideas sin realmente afrontarlo, sin entender lo que ha hecho. Así se olvida de las promesas, los sueños compartidos para ser alguien construido, mentiroso, fabricado, que quiere ser distinto a un costo muy alto.
Pero al que queda al otro lado de ese ego, también le queda su propio ego, el ego de querer irse de ahí, porque no ve la vida de la misma forma que su otrora amistad, porque se da cuenta que quiere ser ella misma y nada más.
Así es el ego. Y el ego mal entendido, el que hace daño, el que aleja amigos, aleja familias y aleja al mundo de hoy, que se divide en ideologías de consumo irracional de las otras ideologías más utópicas, porque estas últimas, aunque parecen más nobles, terminan siendo también una amenaza, porque para aquellos que quieren su metro cuadrado sin ver al otro se transforman en una amenaza que hay que destruir. Entonces sin sentir, sin aceptar al otro distinto, el mundo nos divide, nos confronta en los unos y los otros.
Así es el ego que hiere, el ego que mata, el ego que ignora, el ego que no le importa nada más que ser mejor a costa incluso del otro; a pesar de dolor, a pesar de las ideas, a pesar que todos y casi sin excepción, en algún momento de nuestras vidas sí quisimos un mundo mejor. ¿O no?
