Hola, ¿Cómo estás? Primero, ¿Quién soy yo? Soy Cecilia y tengo 57 años por si te interesa. ¿Qué hago yo por aquí? La verdad, haciendo un recorrido por mi vida. Sí, porque cuando se está ad portas de los 60, piensas cosas. Piensas muchas cosas. En lo que hiciste y en lo que no; en lo que lograste y lo que no lograste y en ese proceso, recuerdas tanto, y a veces no es grato rememorar lo que viviste.
Hoy ya no tengo a mis padres junto a mí y se puede entender, porque soy una mujer mayor, y los años pasan. Ya no tengo los 15 años que tenía en los ochentas, tiempo donde tuve la suerte de tenerlos en la plenitud de sus vidas, yo siendo muy consciente de ello.
Hoy al recordar a mi padre y a mi madre siento felicidad, pero también dolor. Es la vida que tiene altos y sus bajos.
Otros recuerdos importantes para mí son de amor, y al sintetizarlo, puedo decir que estuve realmente enamorada de dos hombres, y digámoslo, los dos con serios problemas en su comportamiento, aunque en realidad la que tenía problemas era yo misma al insistir donde no debí hacerlo. Igual puedo decir que ambos tenían algún grado de locura que llevaban cada cual de una forma distinta.
Muchos dicen que en la vida uno busca patrones de hombres, pero al pensarlo me pregunto ¿qué es esa mierda en conclusión? Porque yo me enamoré, y lo confieso de hombres muy guapos.
Y al final de cuentas, yo creo, que uno se enamora de lo que ve, de lo que parece ser, y solo ahora lo entiendo.
Y sí, tuve el privilegio de ser vista por esos hombres. Es decir, ustedes entienden, yo les gusté también…un poco al menos, aunque si lo razono, tampoco fue gran cosa ser vista por a ellos, porque el patrón de este tipo de hombres es que les gustan muchas al mismo tiempo.
Pero entonces sucedió, los conocí y ufff. Ni les cuento, fue del terror, pero al final la culpa fue mía meterme en lugares, que desde un principio me revelaron que eran un desastre. Aunque claro, yo con ese ego que me hacía creer que con amor, apoyo, entendimiento y otras tantas cualidades podría lograr algo pero no, y el tiempo me demostró que eso no servía, al menos con ellos.
Pero comencemos por el principio. Nací en una familia de clase media. Mis padres fueron excelentes de verdad, muy buenos, aun con todas sus imperfecciones. Ambos empleados públicos. A mi hermano y a mí nos dieron una vida que diría fue relativamente feliz. ¿Y por qué digo relativamente?, porque pasaron cosas. Varias.
Mi madre, la Sra. Olga Elena era silenciosa. Hacía todas los quehaceres del hogar, como cocinar, comprar y limpiar para su familia, pero siempre parecía estar triste. Era como si estuviera resignada a una vida que no sabíamos si en realidad le gustaba o la soportaba.
Mi padre, cada día de la semana, llegaba, al igual que ella, a las 7 de la tarde. Mi papá trabajaba en el Ministerio de Vivienda y Urbanismo. Mi madre era trabajadora del Instituto Nacional de Estadísticas. Pero entiéndase, eran los ochentas, y las cosas eran así: las mujeres podían trabajar y ser muy independientes, pero la responsabilidad del hogar, no era negociable. Eran ellas quienes debían preocuparse de los quehaceres hogareños, y no lo nieguen quienes estén leyendo esto, esos que vivieron esa época, porque así fue.
Al llegar del trabajo, mi mamá dejaba su cartera en el cuarto matrimonial y se dirigía a la cocina y tomaba su delantal para preparar la «once» y organizar todo lo que hubiera que limpiar en casa. Esa era la rutina: preparar el té, colocar los pastelitos comprados diariamente y dejar listo para cada uno un pan con palta o mermelada. Mi madre no se permitía una once sin algo dulcecito y yo me acostumbré a ese té que para mí era una delicia.
Así los cuatro nos reuníamos en torno a la mesa de madera negra y ella nos servía. Nosotros una vez que habíamos devorado todo, dejábamos los restos de té, pan y dulces en platos. Luego nos íbamos a nuestros cuartos y mi madre terminaba de limpiar, porque después tenía que comenzar a cocinar la cena, la que siempre consistía en alguna sopa, una ensalada con papas, arroz, pollo, chuletas o carne.
Más tarde comenzaba la limpieza de la casa, como barrer, sacudir y limpiar el baño, para terminar planchando la ropa de mi padre y los uniformes escolares de mi hermano y mío. Todo esto hasta después de las doce de la noche, pero siempre haciendo las cosas mirando la tv: primero la novela, luego las noticias y al final la película de la noche.
¿Y mi padre? siempre, pero siempre, recostado. Don Juan Caro, entonces esperaba su once y su cena, escuchando radio chilena su favorita donde escuchaba su programa favorito «Para los que fueron lolos». Algunos días también, le gustaba tener una pequeña radio en su oído para no perderse el relato de algún partido de fútbol, el del equipo de sus amores: Colo Colo. Otras veces, solo colocaba, en el equipo musical, el más moderno de esos tiempos, ese tri modal( música AM y FM, discos y cassettes), sus cassettes de música coral, de melodías gregorianas o del grupo español que adoraba, Mocedades.
Con mi hermano Felipe, después de llegar de la escuela, (íbamos en las tardes desde la 1:30 hasta las 6 de la tarde), hacíamos las tareas. Debo confesar que era Felipe, que es menor que yo un año era quien a mí me enseñaba matemáticas, donde, hablando de números, «yo era un cero a la izquierda».
Un día mi hermano y yo “adoptamos” unos gatos que se llegaron desde el otro lado de la pandereta de la casa que estaba a los pies de la nuestra. Una casa que parecía de ricos. En chileno, les cuento que aguachamos a esos mininos a los que le dábamos comida y cariño. Cada mañana después que mis padres se iban a trabajar, los metíamos por la ventana de nuestras piezas y les dábamos leche, pan y los llevábamos a dormir a nuestra cama.
Un día mi madre se enteró de todo lo que pasaba, porque la señora que hacía el aseo en nuestra casa le contó. Mi papá se rio, pero mi madre puso el grito en el cielo.
—¡No quiero animales en esta casa, son sucios y no me gustan! –nos decía furiosa.
A pesar de eso, cuándo ella se iba a trabajar le seguíamos abriendo las ventanas y los seguíamos alimentando. Incluso un día que, pensamos que estaban muy sucios, como decía nuestra mamá, los bañamos y los pobrecitos gatitos casi se mueren . Pero después de refregarlos bien con agua y jabón los secamos con secador, les dimos leche caliente y les pusimos unas mantas bien calentitas para que se recuperaran.
Un día mi madre ya no lo soportó más y resolvió que nuestros dos gatitos se fueran y para eso le pidió a la señora del aseo que los envolviera bien y si los dejara en algún lugar muy lejos. Con un poco de dinero extra para la mujer se hizo el milagro.
Pasaron casi 6 semanas sin saber ni de minino ni de negrito, y cada domingo cuando íbamos a misa con mi familia, mi hermano y yo rezábamos para que volvieran a casa. Al final, los rezos surtieron efecto. Uno de los gatitos volvió: negrito. Mi madre estaba muy enojada al verlo aunque también no podía creer que los hubieran dejado tan lejos y negrito volviera, pero un día, en el techo de mi casa, negrito después de pelear con un gato gordo y roñoso, cayó herido por el zarpazo del viejo gato.
Una horrible herida en el cuello de mi gatito, hizo que mi madre se ablandara al verme llorar tan desconsoladamente. Así, mi mamá recordó que con hojitas de llatén se podía cicatrizar las heridas y con mi hermano, por más de una semana nos pusimos de acuerdo para colocar a Negrito unas compresas con esa hierba. También lo alimentábamos como se podía con apenas unas gotitas de leche dadas en un gotero que compramos para alimentar a nuestro gatito. Negrito se puso muy flaquito, porque casi no podía comer y así mi gatito ese volvió puro pelo con huesitos.
Los días y semanas pasaron y su fea herida, que era un hoyo profundo que atravesaba su garganta, cicatrizó, y entonces, como si ya no recordara el sufrimiento de negrito, la rabia de mi mamá retornó, porque según ella, dejaba toda la casa llena de pelos sucios; maullaba demasiado y era muy desordenado y maldadoso.
Igual que la vez anterior, una tarde cuando mi hermano y yo llegamos de la escuela, Negrito ya no estaba. Lloré por varios días, porque no entendía a mi mamá. Porque ella lo había ayudado y ahora lo dejaba ir sin compasión. Sin embargo, después de unos días fui yo quien también olvidé a Negrito. Me quise convencer que sería muy feliz junto a otros gatitos amigos, y quise creer que sin duda, me recordaría por gracias a mis cuidados se curó.
Después cuando iba a misa a la iglesia Santa Marta -que era parte de mi escuela Santa Marta-, yo ya no rezaba por Negrito, solo esperaba que la misa terminara pronto, porque mi papá nos compraría unos barquillos deliciosos que vendía el señor José. Al final, ese era mi propósito cuando iba a misa y yo me las arreglaba para terminar todo el tiempo comiendo no solo mis barquillos, sino los de mi mamá también, porque ella prefería que me los comiera yo, antes que engordar ella, decía.
Pero bueno, debo también confesar que me gustaba ir mucho la misa de las 12 en Santa Marta, porque estaba el coro de don Vicente Bianchi que era un espectáculo. A veces cuando no iba con mis padres ni mi hermano, yo iba a la Iglesia con mi amiga Rocío, porque a ella le gustaba mucho un joven que ella bautizó «el morenito». A mí no me gustaba nada de nada, a mí en esos tiempos me gustaban los rubios (ahora ya maduré en eso), pero ella gozaba al verlo y después de que ella suspiraba toda la misa, yo la invitaba a comer mis deliciosos barquillos.
Un día sábado de 1983, mientras mi padre escuchaba Mocedades y mi madre preparaba el almuerzo, un ruido fuera de la casa nos llamó la atención a mi hermano y a mí. Afuera en mi pasaje, estaban mis amigas Alicia y Rocío, las bellezas del barrio, junto a su hermano julio, aplaudiendo y riendo, porque un chico, al que yo no había visto nunca antes, hacía piruetas fuera de la casa.
Al verlo se me removió el estómago y lo recuerdo muy vívidamente. Era el chico más guapo que hacía unas volteretas, a lo gimnasta: deslumbrantes. Al terminar de hacerlas me miró fijamente y sonrió. Para mí fue una luz que se prendió en mis ojos. Fue un descubrimiento lleno de emoción. ¿Pero quién era? ¿Cómo se llamaba?
—Hola —dijo el atractivo joven de ojos verdes y crespa cabellera muy reluciente y castaña.
—Hola —respondí, casi con la boca abierta.
—¿Te gustó?
—Mucho…quiero decir, me encantó —balbuceé.
—Ceci —me dijo Rocío. Es nuestro vecino, Christian. Vive en Emilia Téllez.
—Jaja —rio Christian. ¿Quieren otra voltereta?
—Sí, sí –gritaron todos, y yo junto con ellos, mientras inconscientemente suspiraba al mirarlo.
Era simplemente deslumbrante, esa era la palabra, no tiene sinónimos en este caso. Desde ese momento supe que Christian iba a ser alguien importante en mi vida, pero claro, no todo fue como me imaginé después de ese encuentro.
¿Y qué me imaginé en ese instante?, porque yo era la reina de la imaginación (y no sé si buenamente lo sigo siendo hoy en tantas cosas…uff ¡qué terrible!), que esa mirada que me dirigió era porque yo le guste… pero no. Para nada. No era eso, el tiempo me enseñó después, que él era así.
Le gustaba coquetear, porque eso les pasa a los hombres guapos todo el tiempo. Eso lo pude descubrir con la experiencia. Al darse cuenta de su poder (de seducción), los hombres atractivos abusan de ello, mostrando todo su carisma, sabiendo que eso hará que muchas más mujeres caigan redonditas pensando que serán las elegidas para ellos. Y cuando saben que ya las manejan, buscan otras para reafirmar una y otra vez ese poder, volviendo a seducir. Luego ni se enteran o no les importa nada saber que ya han enamorado a unas 100 en el camino, con las consecuencias que eso puede traer.
Al recordar aquellos días; al recordar a Christian, las veces que me lo topaba en el negocio de don Lucho, —el caballero que vendía abarrotes y donde todo el vecindario iba a comprar—, no podía evitar sentir que mi estómago se apretaba.
«¡Qué guapo Dios mío!, pensaba yo…¡cómo me gustaría ser su polola!» Y después de pensar eso, cuando me miraba al espejo para chequear si podía tener alguna oportunidad con él, no estaba segura de lo que veía: mi reflejo. No sabía si de verdad era bonita. Era mi inseguridad. Peor aún, tenía 14 años y los granos en mi rostro estaban haciendo de las suyas.
Fue en esa época cuando descubrí el maquillaje que me ha acompañado como un fiel compañero. Es que necesitaba polvos o algo para cubrir mis espinillas Y otro tema, mis amigas, las bellezas rubias y curvilíneas, con esos bustos envidiables me hacían sentir más disminuida. Yo por ejemplo, no tuve la dicha de heredar los atributos de mi madre, porque ella era un mujer muy bien dotada. Mala suerte para mí.
Ya en esa época yo era muy distinta a mi mamá: era alta, delgada con una nariz algo prominente en su punta, a diferencia de ella, que tenía una que parecía de princesa. Ella era menuda y no tan flaquita como yo.
En ese sentido a mí, lamentablemente, me tocó heredar la parte menos favorable de mi padre…y bueno, nada que hacer. Así es la naturaleza.
Todas estas imperfecciones me hacían sentir que jamás Christian me vería de verdad. Aun cuando nos topábamos de tanto en tanto por las calles de Arturo Medina, Amapolas, o en Emilia Telléz o en Coventry, esas calles donde tantas veces nos encontrábamos y que eran maravillosas y nuestras, yo sentía que no era suficientemente linda para un chico como él.
Una noche todo eso cambió. Yo regresaba a mi casa luego de dejar a mi padrino, Eduardo Pérez, un sacerdote español y que me quería mucho junto a mi tía Lya, mi segunda madre al paradero de micros en Emilia Téllez, cuando me lo topé.
Mis piernas se pusieron como de lana y mi estómago se endureció de la mera impresión de verlo. Eso era automático. Entonces él me saludó.
Hola…mmmm…¿cómo estás?…oye, qué alta eres tú – dijo mostrando su dentadura blanca, enmarcada en una sonrisa dulce y bella para mí.
—Sí, soy alta —respondí como un robot sin movimiento y con los ojos muy abiertos.
—¿Qué edad tienes? —preguntó.
—14 ¿y tú?
—18 – me dijo acercándose y colocándose frente a mí para luego pasar su mano rozando sobre mi cabeza y la suya para medir que tanto más alta era yo que él….—Mmm, pucha…eres muy chica —agregó, moviendo su cabeza de un lado a otro, como contrariado, pero esbozando una sonrisa con sus labios muy apretados.
—¿Pero cómo?…mido un poco más que tú…
—¿pero cómo…cómo…cómo…cómo? — rió con ese, su continuo juego de palabras que después descubrí le encantaba recitar, como un juego que le gustaba, sobre todo a las chicas—. Jaja, es que no me entendiste. Digo, de edad —me guiño un ojo. Bueno, qué estés bien… —se despidió dando media vuelta y caminando muy esbelto y con movimientos casi danzantes hacia su casa, la que estaba a un par de metros de la mía.
Al verlo marcharse un pensamiento cruzó mi mente. “Será cuando tenga unos 40”. Y como si lo hubiera decretado, a los 40 nos volvimos a reencontrar para ser pareja.
———
Si te gustó, esta historia, cuéntame y te sigo revelando detalles del adiós con Christian en nuestra adolescencia, luego cómo fue nuestro reencuentro y te contaré más de mis padres y de mi otro amor. El otro que me marcó para siempre. 🙂
