¿A dónde se fueron las lágrimas que me tragué y no lloré?

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Hace un tiempo mis ojos comenzaron a lloran en las mañanas y en las tardes sin pedírselo. Primero pensé, ¡uff es la edad! y tiene sentido. Cuando eres mayor, pequeñas cosas físicas cambian y te muestran que no eres como eras antes.

Son situaciones que te alertan anunciándote que  no eres tan joven: arrugas, menopausia, resequedad de la piel, cabello más quebradizo que nunca y ciertas grasas que se depositan en el cuerpo  que no son tan fáciles de desprender.

Entonces sí, tendría sentido que ahora los ojos lloren sin pedírselo. Sin embargo, tengo otra teoría que a veces me hace mucho sentido que el paso del tiempo mismo y que tiene que ver con esa pregunta que me hice tantas veces sobre  ¿hacia dónde se fueron tantas lágrimas que no lloré?

Tantas lágrimas que me tragué porque la vida me colocó en escenarios donde cosas ocurrieron y me superaron y para tratar que nadie me viera, las detenía, una y otra vez.

¿Y sí todas esas lágrimas se quedaron atascadas en alguna parte de mi cuerpo? No es una idea loca. En alguna parte deben estar. Aunque sea en el fondo de mi cerebro que a través de algún pensamiento doloroso que no proceso o que creo tener olvidado, me recuerda físicamente que están y las hacen rodar con ese dolor en ellas.

Y a pesar que muchas cosas hoy están en tranquilidad para mí, y a pesar que ahora miro al pasado y lo acepto como fue, creo que esa pena se atascó y por eso, y sin quererlo, se presenta en mis ojos y caen sin quererlo conscientemente. Es que se dice que el cuerpo es como una entidad propia más allá de la mente y el espíritu  y entonces me revela que existen penas que deben salir.

Y cuando brotan desde mí son un desastre, porque para quien como yo, tiene la rutina desde los 15 años de maquillarse, aunque sea una sola lágrima lo arruina todo, porque además con el tiempo, las ojeras se marcan más y más y deben cubrirse con más esmero. Y descuidadas, sin llamarlas, esas gotas de agua lo arrastran todo, y de pronto, me veo al espejo y ese primer impecable maquillaje con ese liquido derrite las cremas, los polvos, los correctores en el rostro. Y no tendría importancia si no tuviera que llegar al trabajo y estar frente a alguien que no puede entender por qué los ojos me lloran si sonrío y parezco no estar triste, pero lo que reflejo es una mirada que se parece más a la de un mapache que a la de una mujer bien maquillada.

Mi cuerpo tiene muchas lágrimas no lloradas, muchas que se estancaron en un rincón desconocido de mí, que de pronto, en la tranquilidad ya no quieren estar ahí pegadas en mi cuerpo. Quieren salir, porque es necesario para comenzar la vida nueva que quiero sin ningún pesar en el cuerpo.

Es que ahora mi ser quiere comenzar otra vez, porque necesita perdonar y perdonarse para sonreír, para que ese cambio por fin llegue a mi vida; esta vez suave, sin expectativas, más feliz.

Es que hay que dejar que esas gotas o ríos salgan y se evaporen, o también, que las sostengan muy fuertemente el viento, para que se las lleve lejos, a algún lugar desconocido para que humedezcan la tierra fértil y las transformen en esperanza, en un nuevo amanecer, en una nueva etapa más verdadera, con más amor y sanación.

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