Faltaban solo un par de horas para el ansiado encuentro entre Rafael y Mariana. Ambos se encontrarían en la reunión de ex compañeros de curso en la lujosa residencia de Margarita Yañez, la compañera que había logrado lo que muchos querían alcanzar en la vida: dinero, viajes, una pareja exitosa, y muchas comodidades que ya todos conocían gracias a los diarios posteos en redes sociales de la que antes fuera la más tímida compañera de básica.
La ansiedad de Rafael era intensa. Las últimas fotos de Mariana, donde dejaba entrever uno de sus pechos blancos en una fotografía a media luz, lo tenían muy excitado. Ahora, solo esperaba que ella se hubiera conservado bien, porque había pasado casi un año desde que empezaron a mensajearse y todavía no veía su rostro, pues, extrañamente, no había querido mostrarse.
De pronto un vago recuerdo de ella llegaba a su mente. Era una chica alta, sí. Era trigueña, sí. Pero esa imagen terminaba difuminándose rápidamente, sin completar el rostro que tanto quería conocer.
Buscó entre sus fotos olvidadas de colegio, pero, precisamente ella, siempre parecía estar mirando hacia otra dirección en vez de la cámara, casi como si no le gustara ser retratada, y eso le hizo entender el por qué no podía encontrar fotos de ella en Facebook ni en ninguna otra parte.
En su perfil de Facebook aparecía una flor roja entre medio de un campo de hojas verdes y amarillas. Eso le hacía creer que podría ser alguien muy especial. “Y si ella es tal como sus palabras apasionadas, será genial conocerla”, pensaba Rafael.
La última conversación que ella la había enviado la noche previa al encuentro de compañeros por teléfono, lo había dejado jadeante de lujuria. “Te haré de todo. Me encantaste desde que te conocí cuando éramos compañeros de curso, y ahora al ver tus fotos, me pongo húmeda por ti. Pensar en tenerte me calienta tanto”, le había dicho sin ningún pudor.
—Después que estemos un rato con nuestros compañeros, podríamos irnos a un Motel. Yo te invito —le dijo Rafael.
—Te haré más feliz que nadie, ya verás —le juró ella.
—Ya, pero mándame una foto de tu rostro. Te quiero ver —le contestó él. La respuesta había sido: “Mañana me verás y será genial”.
— ¿Pero por qué eres así? —le contestó Rafael.
— ¿Y si no te gusto? —replicó ella.
—¿Y podría haber alguna diferencia? Mañana te veré igual.
—Prefiero que sea mañana. Pero te digo que me tienes tan caliente Rafael. Hace años que te quería encontrar, y ahora para mí es un sueño tener la posibilidad de verte. Te voy a hacer de todo, te encantará.
—No lo dudo —respondió él.
—Hasta mañana, mi rico hombre…
—Lo soy. Mañana verás…
El día había llegado y Rafael ansioso, se había preparado la tarde entera hasta encontrar la mejor vestimenta de marca; su perfume Polo Classic, y su reloj Hublot, que sabía a las mujeres les encantaba.
Todo estaba preparado y dispuesto para aquella noche y junto a su amigo y compañero, también de la primaria, que lo había pasado a buscar, reían de la situación: Una cita prácticamente a ciegas con una ex compañera fogosa era algo inusual, sin duda. Y también, a su amigo le intrigaba saber cómo se vería aquella mujer después de 35 años. Porque, efectivamente, habían dejado de verse desde sus 12 años de edad, y la vida podría haber sido generosa con algunos en lo físico, y muy seguramente con otros, no tanto.
—Tal vez no le gusta que la molesten, y eso significaría que está muy linda —dijo Juan Carlos a Rafael.
—O todo lo contrario. ¿No has oído que las mujeres feas ponen paisajes o fotos de su adolescencia? ¿Y si es el caso? ¿Qué hago?
—Pues le dices que surgió algo urgente y te vas. No pasa nada, y va a entender altiro.
—Cierto, pero me tiene tan caliente con esas fotos de sus pechos, y las cosas que me dice. Si es tan linda como caliente… uffff…me caso, amigo, jajaja.
—Ya… ¿pero cómo te vas a casar?
—Pero Juan Carlos, ¿qué te pasa? Es un decir. ¿Estás loco? Las mujeres me tienen harto. Ahora las minas solo me gustan para pasar el rato. Deberías conocerme.
—Pensé que te habías reformado…jaja.
—No, para nada, jajaja
Ambos subieron al auto de Juan Carlos y Rafael prendió la radio y sintonizó los recuerdos musicales de los 80.
—¡Qué época amigo!, ¿no?” —dijo Juan Carlos.
—Ufff sí, y qué lindas eran nuestras compañeras. Te apuesto que ahora son unas viejas sin arreglo.
—Jaja y ¿cómo andamos por casa? —preguntó Juan Carlos, guiñando un ojo a su amigo.
—Yo estoy regio. Mira, cómo tengo loca a nuestra Mariana.
—Ok, ok…Ya es tiempo. ¿Dónde la recogemos? Entiendo que viene con otras compañeras.
—Sí, seremos 5 en el auto. Conduzca hasta Avenida Grecia con Tobalaba, amigo mío.
—Pues vamos, entonces.
Casi al llegar al lugar indicado, ambos amigos buscaron en la esquina señalada a las compañeras que les habían pedido el aventón hasta la casa de Claudia.
—¿Y dónde están? —preguntó Juan Carlos.
—¿No es esa Isabel? —preguntó Rafael, divisando un rostro conocido.
—Sí, sí… y hay dos mujeres más…No sé quiénes son…—respondió Juan Carlos.
—Ay amigo, una se ve relativamente bien. Espero sea Mariana. La otra…oh oh… parece una bruja.
Mientras ambos se miraban y una sonrisa nerviosa aparecía en el rostro de Rafael, Juan Carlos respondía con un “Cállate que ahí vienen”.
Al orillar en la esquina donde se encontraban las mujeres esperando, Juan Carlos las llamó: “Pasen chicas”, dijo nervioso. ¿Cómo están? Creo que no me acuerdo mucho de ustedes. Tú eres Isabel y tú, dijo apuntando a la más agraciada, ¿cómo te llamas?, disculpa te lo pregunte, pero han pasado como 35 años.
—Yo soy Carolina.
—¿Y tú? —preguntó Rafael, esperanzado que fuera alguien más y no Mariana.
—Soy Mariana, ¿cómo están? —dijo la mujer vestida de negro con un abrigo que más se parecía al de una abuela, con un pelo apelmazado negro con canas, algo regordeta, con labios rojos y un perfume de pachulí que hacía mucho tiempo Rafael no olía y que lo descompuso.
—Espero que lo pasemos muy bien. Irán casi todos nuestros compañeros y compañeras —interrumpió Juan Carlos para distender el ambiente que se había vuelto silencioso y tenso.
A esas alturas la decepción de Rafael se había apoderado de él, mientras en el asiento de atrás del vehículo, conversaban animosamente Isabel y Carolina, mientras Mariana trataba de entablar una plática con Rafael quien parecía ausente.
—Te ves muy bien Rafael, tal como en tus fotos de Facebook —aseguró Mariana.
—Gracias. Sí, procuro poner las fotos reales y actuales para que sepan como soy. Y esta es mi realidad. Soy muy sincero en eso —dijo volteándose hacia el asiento de atrás, evidentemente molesto y frunciendo el ceño.
—Ya. —respondió Mariana tragando saliva, como comprendiendo que lo decía por ella.
Al llegar a la casa de Claudia, Rafael decidió que se acercaría a los compañeros y compañeras lejos de Mariana y de ahí nadie lo sacaría. Si bien la decepción de ver a Mariana había sido brutal, decidió que esa noche la disfrutaría, a pesar de todo. Poco a poco fueron llegando más y más compañeros, hasta que Héctor, uno de los conocidos por hacer bromas, levantó la voz y dijo sin rodeos: “Oigan chicos y chicas, ¡qué estamos cagados! Puros hombres viejos y mujeres viejas, veo”, jaja —sonrió, desatando la risa furiosa de los hombres, y el disgusto unánime de las mujeres.
—Tú serás el viejo —respondió Mariana, mirando fijamente a Rafael que a esas alturas la evadía todo el tiempo. Ella en esa situación, se llenó de valor para acercársele.
—Rafael, ¿quieres algo de tomar? —preguntó Mariana.
—No gracias. Si quiero algo, lo iré a buscar yo mismo —le respondió secamente.
Unos minutos más tarde, una de sus compañeras de quien tenía un vago recuerdo, llegó sola. Le pareció hermosa, sencilla y refinada.
“Ufff, ¿por qué no se ve así Marina? Qué chasco. Tengo que hablar con ella, ¿cómo se llama? Se ve linda y su sonrisa parece amable. Tengo que saber más”, pensó Rafael y sin miedo se acercó a Patricia, ante la mirada perpleja y molesta de Mariana.
—Hola, ¿cómo estás ¿ te acuerdas de mí? Soy Rafael y tú eres Patricia, ¿verdad?
—Sí… y tú eres Rafael. Por supuesto que me acuerdo de ti.
—Te vi y te reconocí, Patricia. Estás casi igual, al principio no te reconocí bien, pero sí eres tú. Te ves muy linda. No puedo dejar de decírtelo porque han pasado los años, pero para ti han pasado muy bien. Algunos acá, no estamos tan bien como tú.
—Gracias, pero primero no creo me vea tan igual — respondió Patricia nerviosa. Han pasado 35 años y ¿qué dices? yo veo a la mayoría se ve muy bien. Tú te ves muy bien. Piensa que casi todos tenemos alrededor de 45 años y creo que todos hemos evolucionado bien. ¿No te parece?
—Si tú lo dices… —concordó.
Al ver a Rafael y Patricia hablando animadamente, el rostro pálido, ajado y maltratado de Mariana se contrajo más al ver que su deseado Rafael la había rechazado y parecía haber encontrado a una mujer más interesante con quien hablar.
Con la ira apoderándose poco a poco de su cuerpo, Mariana, tomó fuerzas para enfrentarlo y sin pensarlo, nublada por la rabia y el despecho, sin dar importancia a todos sus ex compañeros presentes, se acercó a él y a su compañera Patricia con un vaso con champaña que recién había llenado hasta el tope.
—¡Mariana! ¿Cómo estás? ¿Te acuerdas de mí?, soy Patricia. A veces tú y yo conversamos por Facebook…
—No. No me acuerdo de ti para nada. —dijo mirándola con los labios fruncidos y la mirada fija en Rafael. Sin pensarlo, giró su cuerpo hacia él y le lanzó con todas sus fuerzas el líquido de su vaso que empapó completamente la cara de su deseado compañero, salpicando en uno se los brazos de Patricia.
—Pero ¿qué te pasa loca? — dijo Rafael, retrocediendo furioso, tratando de secarse la cara con las manos.
— ¡Maricón! estuviste coqueteando conmigo por meses, y ahora esta perra te mueve el culo y no me das la hora —gritó Mariana, ante el asombro de todos.
— ¡Desquiciada! Tú y yo no tenemos nada.
— ¿Cómo que nada? Hoy era nuestro encuentro. Eres un imbécil.
— ¿Quieres que te diga la verdad? pensé que eras diferente. Te pedí te mostraras, y ahora lo que veo, seré sincero, no me gusta nada, y eso es todo. ¿Te quedó claro? Y termina el show que estás armando. Yo no tengo nada que ver contigo ni lo tendré.
—Yo te quería de verdad, te quería en serio…
—Esto parece una novela de tercera. Ubícate. No hay nada aquí – recalcó Rafael, ante el asombro de todos. Linda reunión de compañeros te mandaste mujer…
—Yo…este…lo siento —dijo volviendo en sí y reflexionando, que estaba frente a sus otros compañeros de colegio. Mejor me voy. Disculpen.
—Sí, es lo mejor. Y si quieres algo con otra persona lo primero que te recomiendo que hagas es que no mientas, porque esto te puede volver a pasar.
Sin decir una palabra Mariana se fue de la reunión de compañeros sin despedirse de nadie.
—Así somos los de la generación del ´82: ¡apasionados, intensos! Si nos vieran nuestros profes…ajaja. ¿Qué les parece si ahora nos volvemos a reconocer, y si alguna mujer u hombre de aquí quiere tener algo más que una amistad con alguien presente hoy, traten de no hacer tanto escándalo, por favor –se rio Juan Carlos, distendiendo el ambiente incómodo del momento.
Las risas volvieron a presentarse y unos minutos más tarde, la fiesta comenzó. Rafael olvidó la noche que había planeado con Mariana, y comenzó a pensar que tal vez podría pensar en construir una muy buena amistad con Patricia, quien también pareció interesarse en él.
Luego de dejar a Patricia en su casa e intercambiar teléfonos, Rafael volvió a su departamento. Al entrar en su computador un mensaje de Mariana se marcaba en su correo e-mail.
Después de todo lo vivido con esa mujer, Rafael no sabía si debía abrir el correo, hasta que minutos más tarde la curiosidad lo venció y decidió hacerlo. En en el interior un breve texto lo perturbó: ¿Y si después de todo lo piensas bien? Yo te haría cosas en la cama que nadie más te hará. ¿Por qué no lo intentas conmigo? Te puedes sorprender. Te dejo mi dirección. Puedes venir a cualquier hora, estoy sola.
La respuesta no se dejó esperar:
“Oye loca de patio, ¿peinas la muñeca todas las noches? ¿No entendiste? Nunca más me vuelvas a contactar ¿Quedó claro?
FIN
