Aquella mañana Mercedes despertó más triste y adolorida que los días anteriores. Estaba hospitalizada y completaba casi una semana sin tener noticias sobre si podía irse a casa. Lo único que la consolaba era darse cuenta que estaba sola y ya no tenía que oír los llantos y quejas de otras mujeres con las que estuvo en una sala común.
Sin entender por qué, la habían trasladado a un pequeño cuarto donde solo podía verse su cama geriátrica, un pequeño velador, y sobre éste, un vaso lleno de agua, además de sus cremas de cuerpo que cada noche alguna enfermera le frotaba en sus piernas y brazos para reconfortarla al menos por un rato.
Mercedes se había enterado a través de su doctor tratante que padecía una enfermedad terminal aún cuando su hijo Juan había pedido que no le dijera la verdad a su madre para no angustiarla más de lo que ya estaba. Habían sido seis meses de terapias, medicamentos; entradas y salidas al recinto asistencial, sin ninguna respuesta clara del médico sobre su estado, pero finalmente, y a pesar de la solicitud de Juan, el doctor decidió dar la noticia a Mercedes.
—Señora, si bien su hijo me pidió no decir nada, debe hacer frente a esta verdad. Su enfermedad es mortal.
—Pero ¿qué le pasa a usted señor?, le dije que no le dijera nada a mi madre, ¿no entiende que la está asustando? — increpó Juan al doctor reprochando su frialdad.
—Esta es una enfermedad grave que ya está en su etapa final —respondió molesto el geriatra—. Ella tiene derecho a saber cuál es su estado.
Juan, bajando la mirada y apretando fuertemente la mano de su madre, confesó a Mercedes que lo que decía el médico era cierto, que ella tenía cáncer al estómago y dependiendo de su evolución podría pasar sus últimos días junto a su familia.
Mercedes tenía 75 años y ahora su vida parecía estar pasando en frente a ella: No había podido terminar la primaria; había trabajado casi toda su vida como empleada doméstica, en aquellos tiempos de principio de siglo, donde muy pocos eran ricos y demasiados eran pobres. El padre de sus hijos jamás los reconoció como tales y sola debió salir adelante. Así había sido su vida.
De pronto sintió una soledad muy vivida en su corazón y a pesar que su hijo Juan nunca la había abandonado y tenía dos bellos nietos, sentía el dolor de no haber logrado sus más profundos sueños.
El tiempo había volado sin compasión y ahora recordaba que había amado intensamente en su vida a dos hombres: uno le dio a sus 4 hijos, de los cuales solo uno vivía. Los mellizos habían muerto cuando eran casi bebés de poliomielitis y su otro hijo, Benito, se había suicidado hacía casi 3 años, rompiéndole el corazón en mil pedazos.
Ahora solo quedaba Juan, el menor, quien no quiso abandonarla nunca y dejó sus deseos más profundos de ser sacerdote para cuidarla. Luego se casó con una mujer que al principio Mercedes no quería, pero que tuvo que aceptar por amor a su hijo. Finalmente Juan la llevó a vivir junto a él.
Mercedes después de todo lo vivido pensaba, por qué no había aceptado a ese hombre que amó tanto. ¿Dónde estaría ahora? Lo había conocido cuando él estaba casado con Patricia, y cuando ella, ya había tenido a sus 4 hijos.
En ese tiempo, Mercedes sintió que no era correcto salir con un hombre casado y menos después de haber sido madre de 4 hijos frutos de una relación con un hombre que la maltrató, la dejó por otra y la hizo sentir como la mujer más miserable y despreciada del mundo.
¡Cómo le hubiera gustado ser feliz y tener una familia bien constituida! Le hubiera gustado tener un hogar estable con un marido que la cuidara y la protegiera, pero su historia no fue así. Y a pesar que en los últimos años había sido feliz por estar junto a su hijo en una hermosa casa con sus dos nietos, no podía evitar llorar, porque su vida terminaba y el amor que tanto deseó nunca pudo ser.
“Soy una mujer tonta. Estoy tan vieja, fea y muriendo, y aun así, estoy aquí recordando a ese hombre. ¡Qué ridículo! Nadie entendería a una anciana como yo”, pensó.
—Señora Mercedes, sus medicinas —le dijo Flor, una de las enfermeras de turno que la cuidaba y que se había encariñado con ella durante los días de permanencia en el Hospital.
—Gracias señorita —contestó Mercedes. Ya quiero irme a casa. Sé que estoy muriendo, pero les pido que no me dejen aquí, quiero estar en mi casa con mis nietos. Se lo digo con mucho respeto, señorita —dijo, casi sin fuerzas, mientras le colocaban una inyección para los dolores abdominales.
—Veré con el doctor qué se puede hacer. ¿Ha sentido dolor hoy, señora Mercedes?
—Un poco…
—Pues con esto no tendrá nada de molestia. Solo se quedará dormida muy pronto y va estar muy bien…—le informó Flor, mientras introducía con una aguja una dosis prescrita de morfina en uno de los brazos de Mercedes.
—¿Ha venido mi hijo hoy? ―preguntó Mercedes a Flor.
—¿Don Juan? No, discúlpeme, me avisó que no llegaría hoy, porque había un acto de sus hijos en el colegio, y debía ir con su esposa. No pude decírselo antes, estuve tan ocupada que lo olvidé totalmente. Lo lamento.
—Está bien. Le agradezco mucho señorita Flor, que sepa quién soy yo y que usted me dé estos mensajes. No es algo que pase mucho. Las otras enfermeras no son así conmigo…Ohh, ohh..me duele, me duele mucho…yo, yo…—se quejó Mercedes.
—Ay no…ya pasará señora Mercedes, se lo prometo.
—Eso esper…—gimió Mercedes.
—Cálmese, por favor. Quería decirle con todo respeto, que usted me recuerda mucho a mi abuela. Es una señora muy linda. Es como ella con el cabello gris, largo y sedoso.
—Sí, siempre lo llevé así, hasta la cintura. Alguien que yo quise mucho le gustaba, y por eso lo mantuve así.
—¿Su esposo?
—Nunca me casé, solo viví con un hombre que nunca me valoró. Hablo de alguien que amé como a mi vida. Se llamaba Cristóbal San Juan, muchas cosas ocurrieron y nunca más lo vi —rememoró Mercedes con lágrimas en los ojos, sorprendiendo a Flor por esa confesión. Tengo mucho sueño señorita, voy a dormir —dijo Mercedes, pasando sus manos frágiles por los ojos para secar su humedad.
—Debe ser la inyección. Duerma tranquila señora Mercedes y no llore, por favor.
—No es nada, no se preocupe —respondió Mercedes sonriendo, ya muy somnolienta.
Más tarde, y cuando el reloj de la blanca pared de la sala en que se encontraba Mercedes marcaba las 3:35 de la madrugada, ella creyó escuchar su nombre.
—Mercedes, Mercedes… ¿me escuchas? Soy yo. Soy Cristóbal. Te encontré, por fin. Te encontré, amor mío.
—¿Cristóbal? ¿Mi Cristóbal? No puede ser…te ves diferente —contestó dubitativa.
—¿Más canoso?, ¿más arrugado?, ¿más viejo? —rio Cristóbal mientras sus ojos azules se hacían pequeños.
—Sí, igual que yo ahora. Soy una vieja, pero sí…te reconozco. Es tu sonrisa, ¡eres tú! —confirmó Mercedes.
—Mi Meche…
—Pero ¿cómo puedes estar aquí, en la madrugada? —preguntó curiosa.
—No te preocupes de eso, pedí un permiso para venir a verte.
—Cristóbal, estoy muy enferma. Moriré pronto.
—Todos mueren, así son las reglas del juego el mundo físico.
—No creo haber sido feliz realmente. Siempre quise que volvieras a mi vida y no lo hiciste. Yo siempre te esperé.
—Pero mírame, he vuelto para ti. Y quiero que sepas que seremos viejos para muchos, pero el amor no se termina con la vejez. Es lo contrario, se hace más grande, como este amor que yo te tengo y siempre te tuve. Las cosas no pudieron ser en ese momento, pero ahora estamos juntos y ya no te dejaré ir más.
—Este momento es el más feliz de mi vida, porque estás tú, mi hijo está bien, mis nietos son hermosos, y sé que serán felices, o aprenderán a serlo en transcurso de sus vidas.
—Estoy seguro de eso también. Eres maravillosa, y tu familia debe serlo también.
—Me hubiera gustado que los conocieras.
—Lo haré.
—¿Cómo? Yo estoy enferma y creo que no me queda mucho tiempo.
—Cuando estemos arriba los dos, me los mostrarás y juntos los cuidaremos. Bueno, a tu familia y a la mía. Eso se hace allá arriba, ¿lo sabías?
—Estaba muy triste hoy, te recordé mucho hoy porque tú siempre fuiste mi amor, y nunca supe de ti, después de que me contaron que te separaste, te busqué, pero no te encontré.
—Pues ahora puedes estar tranquila, porque estaremos juntos para siempre. Y yo, mírame: este viejito vino a verte, porque me enteré que estabas enferma y que pensabas en mí.
—Pero dime ¿cómo supiste que estaba aquí?
—Alguien me buscó y me encontró.
—¿Quién? Yo no le he contado a nadie.
—¿A nadie?
—Bueno, hace un par de años a mi hijo Juan le hablé de ti. Y en estos días, a la enfermera Flor.
—Eso no es importante, Mercedes. Yo quiero estar a tu lado. Muévete un poco, porque yo me acostaré a tu lado, ahora.
—Tengo frío…
—Lo sé…
—¿Le dirás a mi hijo y a mis nietos que yo los amaba mucho?
―Lo saben.
—Supongo que sí. Por favor, abrázame.
—Mercedes…ven, yo te abrazaré. Quiero que sepas, y lo lleves en tu corazón al lugar donde tú y yo muy pronto estaremos, que te amo, que siempre lo hice y es así. Yo te amo Mercedes Calderón, siempre lo hice, y siempre lo haré. Has sido una mujer excepcional, cuidaste a tus hijos, cuando no tenías nada ni a nadie. Fuiste una buena mujer, amas a tu familia y quiero que lo sepas muy bien: ellos te aman, y te amarán para siempre. Eres, fuiste y serás una mujer amada, muy servicial, buena madre, y amada por mí. Ahora puedes dormir. Yo me quedaré a tu lado cuidando tu sueño.
—Gracias Dios mío —dijo Mercedes mirando hacia arriba —, porque has llegado tú y me has hecho inmensamente feliz. Soy una anciana, pero sé que tengo un espíritu que está lleno de amor y aún amo. Te amo a ti y mi hijo Juan a su esposa Elena y a mis nietos: Felipe y Cecilia.
—Duerme, mi amor. Yo estoy contigo —le dijo Cristóbal dulcemente, y ambos se durmieron abrazados y felices.
A la mañana siguiente, el doctor de turno, luego de ser llamado por los enfermeros y registrarlo, confirmó a la familia de Mercedes que ella había fallecido. Flor, la enfermera que la cuidó durante toda su estadía en el Hospital, le dijo a su hijo Juan que la muerte de su madre, había sido muy tranquila. Que durante la madrugada le pareció que hablaba con alguien y sonreír a pesar que no había nadie más en la habitación.
—Primero quise ir a ver qué ocurría, quise acercarme, pero nunca la había visto sonreír tan feliz en estos días y por eso preferí no molestarla y solo pude mirarla desde lejos. Pronto se quedó dormida y esta madrugada alrededor de las 6 de la mañana constatamos su muerte.
—Fue todo tan rápido, usted me avisó que la traerían a este lugar del buen morir, pero no pensé que se iría esta misma noche. Creí que aún podría estar con ella un par de días más.
—Don Juan, no lloré, usted ha sido un gran hijo, yo sé que la hubiera venido a ver si no hubiera tenido ese compromiso, pero le aseguro que se fue muy feliz. Yo soy enfermera y al verla me estremecí, porque parecía que estaba con alguien, y de verdad, creo que estaba con alguien —le dijo a Juan, quien la miraba extrañado.
—Muchas gracias señorita por decirme esto…me siento más confortado al saber que se fue sonriendo. ¿Sabe? Una vez mi madre me dijo que tenía una gran pena en su corazón, porque había amado mucho a un hombre y nunca pudo encontrarlo. Se llamaba Cristóbal. Yo por amor a ella, lo busqué y me enteré que él había fallecido 10 años atrás y su familia me dijo que él también había amado mucho a una mujer y esa mujer fue mi madre. No quise decírselo en ese momento, porque pensé que ella sufriría mucho al saberlo y que era mejor callar. Quería decírselo ahora, pero…Debí decirle la verdad, creo que cometí un gran error—se quebró Juan.
—No lo piense más don Juan. Usted, debe estar feliz porque ella se fue contenta —dijo Flor colocando suavemente una de sus manos en el hombro del hijo de Mercedes.
—Es hora de avisar a mi familia —se incorporó Juan.
—Vaya y dígale a su familia que la señora Mercedes era una mujer hermosa, fuerte y que ahora está con sus seres queridos en esa otra dimensión que no entendemos. Yo lo creo firmemente. Se fue con una sonrisa en su rostro y estoy segura que algo vio que la reconfortó y la hizo muy feliz. Tal vez pudo ver a ese hombre que ella tanto amó. Eso creo, eso siento —dijo Flor, mientras acompañaba al hijo de Mercedes a la salida del hospital para que Juan fuera a buscar al resto de la familia.
FIN
