Ilusiones de amor en un bus ochentero

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En calle Emilia Téllez con Coventry,  a las 7,30 AM en punto, las puertas del bus Los Leones 8 B se abrieron y Elena subió.

Era el último día de clases en el liceo 7 de niñas de la comuna de Providencia. También sería la última oportunidad para verlo y hablarle. Después ya no podría encontrarlo, estaba muy segura de ello, las clases y la secundaria terminaban y ya no tendría que tomar la “Intercomunal Los Leones 8 B” a las 7:30 de la mañana. Esa era la hora que sabía que encontraría a ese chico hermoso, sentado en ese mismo lugar de siempre, muy pegado al lado de la ventana, mirando algo infinito, algo que solo él veía.

Un par de pasos, luego sentarse justo detrás de él y así mirar su reflejo en la ventana del bus, para revisar como siempre la línea perfecta  de su barbilla, su nariz armoniosa y sus cejas de tanto carácter.

A Elena le parecía que ese chico era un bosquejo bello del hombre seductor que sin duda sería en unos pocos años más.  Con esos deliciosos movimientos masculinos, ese cabello claro y sedoso, esos brillantes ojos castaños ensoñadores tan llenos de fuego, tanto, que la volvían loca.

El pago habitual de su boleto, ese boleto que era guardado en su cofre de los recuerdos y que ahora sería para ella el más importante de todos, porque, o sería por fin lo suficientemente fuerte para hablarle y conocerlo, o de una vez lo dejaría ir para siempre. No había más opciones.

Y como si él supiera todo lo que pasaba por la mente de Elena, esta vez su mirada para ella fue más evidente que otras veces, y a pesar que sus mejillas se sonrojaron,  él sonrió a Elena, no había dudas,  también él soñaba con ella.

Elena le respondió con la sonrisa más sensual que pudo darle. Ahora al dirigirse a su asiento justo tras él, contó 7 pasos. Para Elena, era su película amor, en cámara lenta.

Ella observaba la mirada de ese chico penetrarla en el reflejo de la ventana y parecía que sus ojos brillantes de color aceituna, destellaban y la traspasaban como nunca.

Tras él, Elena miraba el borde de los hombros de su amor y su  cuello.  Era el momento para que Elena le hablara, pues él no parecía tomar la iniciativa. Todo estaba planeado, le tocaría el hombro y le preguntaría la hora, él se daría la vuelta y sería el momento de por fin entablar una conversación.

El puesto al lado del chico estaba vacío, y podría sentarse junto a él y le diría que, como terminaban las clases,  tal vez podrían intercambiar sus teléfonos.

Había llegado el momento, y solo quedaba un poco menos de la mitad del camino para llegar a su destino, a su Liceo. Nadie se había sentado al  lado del bello joven. Así y sin pensarlo más, decidió tocar el hombro de su amado y hablarle, mientras de manera inesperada el bus se detenía.

—Hola —dijo Elena, nerviosa y sonrojada—¿tienes hora?

Tal como lo había planificado, estaba sucediendo todo, y  al unísono, las mejillas del chico se tornaron tan rojas como las de ella.

El chico contestó a Elena con la voz más hermosa que ella se había imaginado oír nunca, y aunque alguna vez lo había oído hablar, porque lo escuchó charlar animadamente con alguien que lo acompañaba, esta vez, el resonar de su voz le pareció melodiosa y preciosa porque para ella. Era tan sensual, que la hizo estremecer de pies a cabeza.

—Sí, claro —dijo el chico, doblando su cuerpo y pestañando casi sin control.

―¿Te molestaría  que me sentara junto a ti? —dijo ella. ¿Cómo te llamas?

En ese momento, una mujer maceteada, que acababa de subirse al bus se sentó apresurada e invasiva al lado del chico.

—Me llamo Cristián… —alcanzó de decir algo inseguro con la situación ¿y tú…?

—Elena —respondió ella extasiada.

Luego un hombre mayor se sentó junto a Elena, y casi instantáneamente, comenzó un extraño movimiento en el pasillo del bus y  hombres, mujeres, niños y adolescentes se amontonaron, porque otro recorrido anterior —uno que Elena había dejado pasar— se había quedado en panne y los pasajeros debieron subirse en el recorrido que ambos ahora estaban. En menos de un minuto, el bus estaba repleto de pasajeros y se hizo muy difícil moverse con facilidad.

—Oye chico —le dijo un hombre a Cristian, ¿le das el asiento a esta señora?

—Por supuesto —respondió él agitado y con las mejillas rojas.

En ese cambio de lugar; con las personas que se movían de un lado a otro incómodos y absortos, Elena perdió de vista a Cristián.

Una tristeza se apoderó de la joven al entender que quedaban dos paraderos para bajarse del bus y no había logrado su objetivo.

El momento de descender había llegado y tuvo que hacerlo. No había más remedio, pero se propuso que lo vería de alguna forma al bajar, cuando el bus retomara su camino. Solo quería despedirse de él.

Al partir el bus, ella pudo darse cuenta que Cristián la buscaba acercando su rostro a los ventanales, empujado a quienes estaban cerca de él y abriéndose espacio entre quienes lo apretujaban.

Una vez que encontró ese espacio, Cristián volvió a mirarla de esa forma evidente que decía que él también la quería. Le sonrió  y bajo sus hombros como si por fin pudiera relajarse. Con el corazón roto, y sin ya ninguna vergüenza, Elena llevó ambas manos hacia su boca besándolas, lanzando un beso a Cristián quien  como si lo hubiera recibido en una de sus manos la acercó hacia su boca en señal que ese beso lo recibía en sus labios, todo mientras el bus partía.

Elena  permaneció inmóvil hasta que sus miradas se perdieron entre medio de otros vehículos y otros rostros.

Cabizbaja lloró, hasta que de pronto entendió que debía llegar a su sala de clases y que nadie debía verla así ¿Cómo explicaría que tan solo se había enamorado, y que lo más probable era que nunca más volvería a ver a ese amor?

Cuando volviera a su casa podría llorar todo lo que quisiera y nadie la miraría ni le preguntaría nada, porque estaría sola en su cuarto con su cofre de los recuerdos. Nadie la juzgaría. Tal vez, también podría pensar en alguna manera de volver a ver a su amor. ¿Habría alguna forma de hacerlo?

Apretando fuertemente su boleto, se dirigió a la sala de su Liceo, donde en unos minutos más habría una convivencia para despedir el último día de clases. Un momento que parecía ser tan alegre para todos, para Elena era la despedida de una hermosa ilusión de amor que había nacido en el recorrido Intercomunal Los Leones 8 B.

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